DIARIO INFORMACIÓN» – 29/06/2011
Vecinos de San Blas denuncian que las obras del AVE en la ciudad llenan de tierra las calles, casas y vehículos.
Con las persianas y ventanas herméticamente cerradas en pleno verano. Así pasan los días desde hace un par de semanas gran parte de los vecinos de San Blas cuyas viviendas están más próximas a la vías del tren. Una zona colindante con las calles Santo Domingo y Benasau que ha pasado de acoger los restos de la antigua fábrica de Harinas Magro y su silo, a convertirse en una especie de cantera de la que todos los días se extraen toneladas y toneladas de tierra y escombros para permitir la entrada del AVE a finales de 2012. Tierra que después debe ser retirada en camiones-bañera que reparten el polvo por aceras y calzadas e, incluso, han terminado por engullir pasos de cebra donde las rayas ya no existen, y amenaza con «sepultar» los coches aparcados en la zona.
Ayer, en una cafetería próxima a las obras aseguraban que la máquina tragaperras había dejado de funcionar víctima del polvo y el propietario de un negocio de venta de coches anunciaba que se marchaba del barrio porque asma y polvo no son compatibles. Si todo va bien, a los vecinos les quedan todavía unos diez meses de obras y el viernes comienza julio. Y es que a las lógicas molestias que provoca cualquier tipo de obra, sobre todo en verano, se une el que los camiones que sacan la tierra no van tapados, «ni regados para evitar el polvo», según denuncia Mariano Pedro Pastor, presidente de la asociación de vecinos, quien no había visto una cosa igual en sus 36 años como trabajador en una constructora.
Los vecinos están que trinan y es que el único remedio para no encontrar polvo hasta en la comida es tener las ventanas cerradas hasta que cae la noche… en los días que no sopla el viento porque la tierra acumulada se levanta en cuanto sopla la más mínima brisa de aire.
La imagen en muchas calles del barrio -zona baja de San Blas- se asemejan muchos días más a las de un poblado al sur del Pecos en pleno oeste americano a finales del siglo XIX que a las de una ciudad del siglo XXI. El asfalto prácticamente ha desparecido cubierto por la tierra y el calor aumenta la sensación de hartazgo. Ayer se alcanzaron los 30 grados «y sólo faltaban ya los alacranes cruzando la calle», apuntó José María, un vecino que aseguró sentir compasión por los «chicos que barren las aceras y que están completamente desbordados».
Y el caso es que nadie puede afirmar tampoco con rotundidad de que la solución sea baldear bien la calles, «no vaya a ser que se forme un barrizal», sentenció José María.